Vivir en Europa - Luisa Fernanda Arango

Viajar a Francia se ha convertido en el sueño de mi vida y en la forma perfecta de escapar de una realidad que no me gustaba. Durante mi adolescencia pasaba horas imaginando una vida en un lugar distinto a Colombia, lejos de la violencia, la inestabilidad e incluso el desamor. Empecé a estudiar francés a los quince años y durante dos años toda mi vida se convirtió a esta otra lengua; sin embargo, cuando empecé a estudiar en la Universidad, dejé de lado el francés y abandoné la idea de salir de mi país. La rutina y la comodidad de lo conocido fueron adormeciendo poco a poco mi deseo de emigrar lejos y me conformé con lo que ya tenía.

Sólo un año después de terminar la Universidad, cuando me enfrenté cara a cara con la realidad del desempleo y la falta de oportunidades, la posibilidad de viajar y adquirir más experiencia en el extranjero se convirtió no sólo en un sueño y un anhelo, sino en una necesidad. Retomé mis estudios de francés, guiada por un propósito que superaba el mero placer, y el viaje empezó a tomar forma lentamente.

Tardé dos años en alcanzar el nivel de competencia lingüística exigido, ahorrar lo suficiente para mis dos primeros meses en Francia y seleccionar cuidadosamente la universidad y el máster por los que estaba dispuesta a pasar los dos años siguientes lejos de mi familia y mis amigos.

Fue muy difícil finalizar el viaje y por momentos pensé en olvidarme por completo de este plan y quedarme en Colombia. Todo era caro, los trámites se retrasaban y tenía la sensación de estar dando vueltas en círculos sin llegar a ninguna parte. Sin embargo, la posibilidad de asegurarme un futuro mejor acabó superando todo lo demás y el 8 de septiembre de 2019 salí de Colombia para iniciar esta nueva aventura.

Ahora bien, quienquiera que dijera que vivir en Europa es como flotar en un lecho de rosas no debe haberse enfrentado a lo que significa ser emigrante de un país del “tercer mundo” en el “primer mundo”. Hacer frente a la soledad no era nada comparado con el desempleo y acumular la deuda de un millonario. La Universidad no era lo que yo esperaba. Lo que la Universidad nos vendió -una educación con el mejor profesor y unas instalaciones que superarían las expectativas- me hizo darme cuenta de que la educación colombiana compite perfectamente con el nivel de los europeos. En resumen, para disfrutar realmente de esta experiencia, tuve que dejar atrás mis expectativas.

Como mujer, desde luego nunca había experimentado la libertad que sentí aquí: libertad para moverme como me plazca y hacer lo que quiera sin miedo y sin prejuicios, libertad para sentarme en un bar o una cafetería sin que se me acerque un tonto que crea que estoy sola porque busco la compañía de un hombre, libertad para descubrir lo que me gusta y lo que no me gusta sin presión social. Por encima de todo, disfruté de la libertad de valerme por mí misma y aprendí a quererme, incluso a mis demonios.

Si me preguntas si merece la pena salir del país, la respuesta es SÍ, sin duda; no sólo por estudiar o trabajar, sino por la posibilidad de reinventarte, por ser quien quieres ser y por vivir como quieres vivir.